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Entrevistas
16 de diciembre de 2011
¿Dónde estabas parado en diciembre de 2001?
No voy a decir que diciembre del 2001 me sorprendió. Era como Esperando a Godot. Teníamos la sensación de que estábamos yendo a una suerte de abismo y que tarde o temprano la Argentina iba a estallar. No quedaba claro de qué manera o hacia dónde ni cómo se iba a dar eso. Pero cuando sucedió, de algún modo, sucedió lo que parecía que tenía que suceder.
¿Era un tema que formaba parte de tus ámbitos de debate?
En ese contexto, yo estaba como en los años 90 dentro de un pequeño grupo que conformamos con Nicolás Casullo, Alejandro Kaufman, Matías Bruera con el que hicimos y seguimos haciendo la revista Pensamiento de los confines. Y sí, nosotros habíamos comenzado hacia fines de los 90 un debate interno que después aparece en la revista, que lo llamamos algo así como El debate argentino. Creíamos que era el momento de volver a abrir una cantidad de cosas que, para protegernos en los 90, habíamos dejado al costado dedicándonos a analizar lo que para nosotros era la problemática de una crisis civilizatoria más universal, más intensa, pensando problemáticas filosóficopolíticas propias de la Modernidad. Pero hacia finales de los 90 vimos que Europa ya no tenía nada que decirnos y que si queríamos encontrar algo para pensar y para dar cuenta de lo que estaba sucediendo, ese algo estaba en Argentina y en América Latina.
Y diciembre 2001 completó esa presunción…
De algún modo, el estallido del 2001 nos puso más fuertemente sobre ese ámbito. Pero también hay que decirlo, bajo condiciones de fuerte escepticismo respecto a lo político, la sensación de una época muy clausurante, muy difícil, muy oscura. El 2001 viene a hacer estallar una época que en la superficie era una especie de carnaval cualunque y por debajo la necesidad de defender ideas y tradiciones que estaban olvidadas o ninguneadas o dejadas a un costado.
Por supuesto que en la Argentina de los 90, y sobre todo de la segunda mitad, aparecieron movimientos sociales y protestas. Pero yo personalmente no veía en el 2001 la emergencia de una alternativa que pudiera iniciar un camino que no estaba a la orden del día. Incluso, la lectura que hicimos algunos del diciembre del 2001 y de ese verano, no fue tan fervorosa como la que hicieron otros que creyeron ver ahí un gran giro popular democrático, insurreccionalista, de una especie de sobrevaluación de las Asambleas.
¿Cuál era tu mirada?
Yo veía que ahí se habían mezclado muchas cosas, entre otras, una profunda traza antipolítica o despolitizada de las clases medias que se expresaba al modo de sus intereses, convergiendo de una manera extraña y loca con sectores sociales con los que nunca habían tenido ninguna relación y que, más bien, en su imaginario representaban todo lo temían u odiaban o movilizaban sus prejuicios. Pero sin duda que ahí hay un corte, un punto de inflexión, un antes y un después que, mirado retrospectivamente el 2001 pone en cuestión o lleva a su máxima crisis un andamiaje político, institucional, discursivo de la Argentina de los 90. También deja al desnudo una sociedad sin brújula y fragmentada.
¿Cómo se inserta la aparición de Kirchner en ese devenir?
Hay que decir que la irrupción de la figura de Néstor Kirchner en el 2003 tiene el formato de lo azaroso, lo inesperado y de lo anómalo en el sentido en que gran parte de la sociedad argentina todavía miraba el mundo bajo las irradiaciones discursivas y la sensibilidad de los años 90. Que el balotaje podría haber sido entre Menem y López Murphy. La llegada de Kirchner como candidato se debe más a la casualidad y al retiro de los otros candidatos que a la posibilidad cierta de ser reconocido por la sociedad. Ahí produce un giro enloquecedor de la historia argentina que nos sorprende y nos interpela y a muchos de nosotros nos convoca. Porque se trata de producir, precisamente, una inflexión que lleva a la Argentina a un lugar completamente distinto adonde venía siendo llevada al menos desde yo diría la economía de guerra, del Plan Austral y después la Semana Santa de Alfonsín.
¿Qué trae Kirchner de nuevo en 2003?
Kirchner viene a recuperar bajo nuevas condiciones una tradición que parecía dormida en la Argentina y que es una tradición popular, emancipatoria, de matriz nacional y latinoamericana. Reinventa el peronismo también. Lo recupera de la noche prostibularia que fueron los años 90 y lo vuelve a colocar en una escena bajo la posibilidad de recoger su gran tradición inicial para ponerla en una nueva situación.
E impacta también en los no peronistas…
También genera que muchas otras personas que no venían de la tradición peronista se sintieran interpeladas. Aquello de vengo en nombre de una generación diezmada me parece que marcó muy hondamente.
¿Hay un hecho que te parezca central de estos años?
Sería largo hacer la lista de acontecimientos y decisiones que han sido fundamentales en este momento de la Argentina. Yo pondría el acento en el año 2008 y lo que significó la 125 como un antes y un después que vino a repolitizar fuertemente a la sociedad, a darle un lenguaje propio y un lugar muy claro a lo que era algo todavía no del todo definible como “el kirchnerismo”. Habilitó a que otros sectores se sintieran convocados, pudo poner blanco sobre negro qué se disputa en la Argentina, qué proyectos antagónicos se estaban poniendo en juego y de qué manera por primera vez en cincuenta años un gobierno democrático era capaz no sólo de enfrentarse al chantaje y a los condicionamientos del poder corporativo económico y mediático sino que incluso en el momento de mayor dificultad salió doblando la apuesta. Esto significó un giro revolucionario para este tiempo. Un giro en el sentido de insuflar con un oxígeno muy poderoso a todos aquellos que sentían que las grandes tradiciones populares no encontraban su lugar en la historia argentina.
¿Cuál es tu perspectiva hoy, a una década de aquellas jornadas?
Hoy estamos en una perspectiva completamente distinta al de ese 2001 porque se ha transitado un camino extremadamente importante de transformaciones sociales, culturales, políticas. Hemos podido recuperar la lengua política. Hemos podido sentir que nuevamente se ha producido una relación intensa entre un proyecto político y amplios sectores populares. Que podemos discutir las propias tradiciones. Que la Argentina es un ámbito de gran debate público. Que se ha recuperado lo público, el Estado y que estamos en condiciones de seguir avanzando y doblando la apuesta.
Entonces creo, sin dudas, que hoy más allá de las dificultades hay un proyecto de país que se está construyendo. Que la Argentina del 2001 era una Argentina estallada, fragmentada, sin brújula con, por supuesto, niveles de protesta social muy grandes. Pero creo que ahora lo político viene a densificar la vida social, la vida cultural, la vida económica de tal manera que la inscriben a cada una de estas partes en una potencialidad que se va construyendo en el día a día. Creo que ahí hay una gran diferencia: cuando una sociedad recupera el lenguaje político como viene sucediendo desde el 2003 lo que se abre, creo, es una posibilidad transformadora.
¿Allí está la clave?
Ahí creo que está la gran diferencia de eso que había sido un momento de fragmentación y de estallido social. Que sirvió para poder salir de esa tremenda saga neoliberal que venía sometiendo a la Argentina. Incluso, permitió iniciar el proceso de cierre de las brutales heridas dejadas por la dictadura del 76 en adelante. Y ahí de nuevo aparece Néstor Kirchner. Salir de las heridas dejadas por la dictadura es producir acontecimientos materiales y simbólicos decisivos. Bajar el cuadro de Videla pero también reformar la Corte Suprema y derogar las leyes de impunidad y los indultos. Y también construir una política clara que vuelve a juntar Verdad, Memoria y Justicia. La reapertura de esa historia implicó habilitar el pasado de otra manera. Porque la década del 90 fue una década del olvido, de vivir cada instante como un instante absoluto. A partir de Kirchner hay un doble movimiento: una reparación del pasado y una reparación del futuro. Volver a abrirlo como potencialidad pero no como un sueño imposible sino como una construcción desde el presente. Creo que esas dos cuestiones le dan al hoy una dimensión muy diferente.
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